Hacer un retrato te obliga, en primer lugar, a saber captar el momento justo, aquel en que la expresión del retratado es más interesante, ponerte en la piel del objetivo y sacar lo mejor de él. Pero también requiere ser capaz de decidir cómo encuadrarlo para expresar aquello que deseas transmitir.

Cuando retrates a niños ponte a su altura, y arrodíllate para evitar que queden "deformados" por el efecto de la perspectiva que resulta de mirarlos desde arriba. Al ponerte a la altura de los niños, consigues que quien mira la fotografía se introduzca en la escena y, de verdad, se sienta partícipe de lo que en ella ocurre.

Otro tipo de toma que añade atractivo a muchas fotos de profesionales es el que se describe como punto de vista desde el ombligo. Se trata de un encuadre que se puede conseguir colocando la cámara a unos 110 cm del suelo (a la altura del ombligo) y que da a la imagen un efecto de monumentalidad. Es un recurso utilizado por famosos retratistas del pasado, y hoy en día, con la pantalla de LCD de las cámaras digitales, resulta todavía más fácil comprobar el resultado.

Encuadrar una persona también quiere decir captarla de distintas maneras. Normalmente se habla de plano general cuando se fotografía al sujeto colocándole eficazmente en un contexto amplio. En cambio, se habla de plano entero (recuadro amarillo) cuando el fotógrafo decide reducir el encuadre, disminuyendo el entorno visible pero encuadrando todavía a la persona entera.

Otra modalidad de toma característica la puedes obtener cuando disparas acercándote un poco más al sujeto. Por ejemplo, cortando la figura desde las rodillas hacia arriba, en cuyo caso hablamos de plano americano, una denominación tomada del mundo del cine. Aproximándote todavía más al sujeto, se pasa al plano que en televisión se conoce como plano medio. Si sigues reduciendo el encuadre llegas al primer plano, que incluye el rostro y el busto de la persona. Por último, puedes llegar a un primerísimo primer plano encuadrando sólo la cara del personaje.